Faltaban como quince minutos para que
fueran las seis de la mañana. A causa de haberme comido un reloj cuando era niño,
no dormía más luego de cierto momento de la madrugada. Cogí el libro del Deber de la desobediencia civil de
Thoreau y a las siete y media de la mañana, cuando terminé de leerlo, ya no era
el mismo. Llamé a mi amigo Aléxico, acordamos que estaría en su casa a las diez
de la mañana. Llevábamos días hablando del trabajo, de lo que queremos hacer,
de lo que somos capaces, de nuestras aptitudes. Ambos somos músicos, pero yo
sobre todo tengo limitaciones en la música. Y ese no es un problema, creo que
de ahí comienza mi creación. De todas formas estaba dispuesto a todo. Problemas:
su guitarra se había roto y yo no había llevado la mía. Pensamos. Llamamos a su
hermana y no hubo problema para que me prestara la de ella. Una vez la
recogimos nos dimos cuenta que sería muy difícil llevarla sin correa. Teníamos seis
mil pesos entre los dos, si la comprábamos nos quedaríamos con mil pesos… ¡imposible!
Convencimos a la señora para que nos la fiara y así fue; prometimos que al
atardecer pagaríamos la deuda. Caminamos por la sesenta y ocho hacia el norte y
en un chance pagado todo recargamos nuestras tarjetas del sitp. Cada una con
tres mil pesos. Me dio las instrucciones y nos echamos a andar.
Esta, por supuesto, era una experiencia nueva
para mí. Él era un experto; llevaba años haciéndolo; sólo cuando lo vi en
escena y me vi haciendo el ridículo, supe lo teso que era lo que hacía. Subimos
al primer bus. Yo me hice en la parte de atrás; él se hizo en frente y saludó a
la gente. La mayoría lo ignoró, otros lo saludaron con la mirada, con su
silencio, con su respeto o sonrisa. Aléxico es encantador, yo me embobaría
mirándolo si se subiera al bus en el que yo voy. Yo le hice la segunda
guitarra. Comenzamos con Sin Documentos
de Los Rodríguez. Luego tocamos una llanera que nunca me aprendí el nombre.
Sobre todo las viejitas se emocionaban con la segunda canción y terminamos con Embrujo. ¡El bus saltaba tanto y yo era
tan débil! Si no nos hubieran fiado la correa tal vez serían dos las guitarras
rotas. Como pude engargolé mi brazo a una de las barandas amarillas y más o
menos me sujeté. Nos bajamos y subimos al siguiente sitp, luego a otro y otro.
En unos fue un poco más difícil porque iban muy llenos, o yo me encontraba con
personas que conocía o me olvidaba de los acordes; me distraía con todo, con
las chicas, con la gente que aplaudía, con la maleta, con no caerme, con no
pegarle a nadie, con el semáforo en verde, con el punteo de mi amigo. Qué
difícil tocar en estos lugares donde la acústica es tan fluctuante. Tocaba tan
duro que me sangraron los dedos de la mano derecha, pensé que se me caerían las
uñas, que en un mes no podría volver a rasgar mis guitarras y eso que apenas
era el primer día de trabajo. Recordé que en el bolsillo llevaba el pic que me
había dado mi amigo y resonaron sus instrucciones en mi cabeza, especialmente
cuando enfatizó en que no olvidara el pic que tenía en el bolsillo. ¡Qué
diferencia! El sonido era más potente, más limpio. Aléxico sonrió y me hizo un
gesto como de “te lo dije”.
Y así estuvimos, entre buses, hasta
que llegamos a Pablo VI. El cielo estaba tan azul, tan brillante. Jamás había
estado en esa parte de Bogotá a esa hora, con esa luz. Llegamos a una zona
donde ya sólo podíamos montarnos en buses de los antiguos. Pasó uno, dos, tres
y compusimos una canción que era como un corrido que decía: la tercera, la chimba, la tercera, la
chimba, la chimba tercera, tercera la chimba, pero no fue el tercer bus,
fue al quinto bus después de desistir de aquella misión que logramos subirnos,
luego que el conductor dijera que paila, que se acababan de bajar. Aléxico le
dijo que todo bien, que nos sacara de ese lugar muerto. ¿Muerto? Yo me quedaría
a vivir ahí, con una sillita, mirando el cielo, tocando guitarra, con la gente
que pasa por ahí… ¿por qué dices que muerto? yo me siento vivo… qué video, a
veces me desconecto por completo, pero bueno, nos subimos al bus y él cantó el
repertorio ya preparado y terminó con Para
qué de Ana y Jaime. La gente aplaudió, nos dio dinero, teníamos la maleta
pesadísima de todo el día. Afortunadamente ese bus nos dejaba cerquita a la
casa de mi amigo, así que nos quedamos allí. Yo iba en el puesto de la ventana,
haciéndome el que miraba todo pero no veía nada, estaba perdido en
pensamientos, en cientos de conclusiones que deshacía a la siguiente cuadra, pensaba
en lo difícil que me era cantar en esos espacios, que mi música más bien
parecía como susurros. Ahora entendía por qué Aléxico cantaba tan duro, claro,
es que en los buses no se escucha nada, toca sacar la voz no sólo del
diafragma; también de las piernas, de los hombros, de la cutícula.
Llegamos a casa muertos de hambre,
calentamos el almuerzo que mi madre nos envió y mientras sacábamos fotos al
atardecer se nos enfrió, pero igual nos comimos hasta el último arroz. Es que
nos distraíamos con facilidad, comíamos y saltábamos de libro a pensamiento,
acción, a espontaneidad, a cosas que sólo viajando aprendimos, que a pocos se
les comparten, que de repente parece que nadie entiende. Nos hicimos treinta
mil pesos ese día, en cuatro horas de andar por la ciudad cantando de bus en
bus. Qué video, la gente da más plata cuando cantan canciones de folclor
colombiano, cuando son cosas que hablen de política, de lo que pasa en el país,
de lo que ocurre en las calles. Hablamos que nos gustaría cantar canciones que
nos gustaran, pero luego nos imaginamos tocando
las canciones de Caloncho o de Fernando Milagros, pero nos gustaría que nos acompañaran
unas bailarinas de ballet clásico, que todos se pusieran a cantar, que fuera
una experiencia millonaria fácil de exprimir. Pero todavía no son tan famosos
mis amigos aquí como para que en los buses los conozcan… tengo que hablar con
ellos para que hagamos algo al respecto, negocios frutales, suposiciones
anti-locuenciales, ráfagas poscuatriculares, sonetos inolvidables. Es que en
serio nosotros preferimos ganarnos la vida haciendo cosas bonitas, vendiendo
frutas de nuestros árboles, las papas de nuestra tierra, las canciones que salen
del alma y que son así todas buena onda, como nosotros, no como el capitalismo,
no como el afán, no como lo contrario que es también un poquito de esto, de lo
otro, de nosotros. No queremos enriquecer a cientos de cerotes, no queremos
vendernos por un nombre, un estatus, no queremos ser recordados como
irremplazables…queremos ganarnos el pan de cada día con lo que más amamos:
haciendo música, escribiendo cuentos, produciendo videos y haciendo jugos de
naranja, helados, ensaladas de frutas y batidos supersónicos, haciendo la
música que nos gusta, la suavecita, y que te pone a ver las nubes, el pasto
entre los dedos de los pies, los granos de arena en una toalla vieja.
Celebramos con un gran porro que nos
esperaba en la mesa de noche y en esas cantamos Canela
en rama de El Kanka. Cuando la tuvimos, me puse mi chaqueta y me vine a
casa. Entrar a mi mundo, a mis guitarras, mis instrumentos, mis malas películas,
mi escritorio en el balcón. En dos días debo trastearme y no he empacado ni la
primera caja. Antes de meter mi vida y sus momentos en cajas, quiero un día como
más me gustan los días aquí, en mi casa. Un día como todos los días que tuve en
este año viviendo solo: solo, solo con mi música, solo con la literatura, solo
con mi cabeza loca loca, haciéndole el amor a estas dos paredes, a mi cocina, a
mi cuarto, al balcón, al baño, al estudio, a la sagradísima ducha, responsable
de mi promedio académico, posible postulada para mi tesis de pregrado. Esta
casa ha sido todo y más de lo que esperaba. Aquí comencé mi carrera
universitaria, conocí (otra vez) al amor de mi vida y me dejó más pronto de lo
esperado; me hice uno con mi música, con los acordes, con el micrófono. Cada detalle
de mi casa tiene algo de mí, horrocruxes: amo la vida que hay en los objetos y
la muerte que hay en la vida: el detalle amplificado al doscientos por ciento,
con full hd. La brisa, el atardecer. Siempre volver al atardecer, a ese momento
en el que sé que piensas en mí, así sea un instante, como yo pienso en ti, en
ella, en él, en Dios, en mis muñecas, mis hijos, mis noches. Mañana ésta ya no
será la misma casa, mañana ya no será mi casa. Tendremos que olvidarnos,
tendremos que dejarnos libres para que otros puedan habitarnos. Casa mía, mi
amada, te dejo libre para que le des a otros todo lo que me diste a mí. Ahora
siento que no puedo parar la empresa y mi familia y señora confían en mí,
confían en el sueño que otra vez nos junta. Casa mía, tanto hablas de mí,
querida nave, tanto sabes de mí, de nosotros, para ser exactos. Sólo tú conoces
los rugidos de Angie, sólo tú sabes mis acordes, sólo tú guardas la palabra
intacta en tu piel, en las fisuras, en polvo que hay en cada esquina no
aspirada. Quién más que tú para narrarme, para resolver el misterio, para
descifrar la desembocadura de mi canto, de las voces de mis amigos imaginarios,
de los que me hacen los solos de guitarra y las percusiones, los coros, los
griticos. Tantas cosas aquí vividas, ¡tantas fiestas! Desde el after con
Adanowsky para los cuarenta de mi madre, hasta la vez que dejé plantado a Gepe
porque estaba haciendo el ensayo final de Lógicas, pero no podía dejar de leer
El elogio a la locura de Erasmo de Rotterdam…hay cosas más importantes que el
deseo, hay cosas más importantes que el amor. ¡O si no que lo diga Marguerite
Yourcenar! Qué necesaria me fue ella para abrirme de la enredadera
elegebetecísta, de la intensidad con vacío, por vacío, en el vacío. Y no es que
esté mal… me da igual de todas formas. Nihilismo, qué más da, conceptos,
ficciones, simulacros. El día de hoy me enseñó tantas cosas, como que mi música
no es mía, como que sin micrófono soy incapaz de cantar para alguien más además
de mí, que prefiero en mi sitio, que este lugar es ahora mí lugar y que quería
despedirme, quería decirle lo mucho que me hizo feliz, lo mucho que me
entristeció, lo lindo que fue vivir los amaneceres y atardeces desde mi cama,
no perderme ningún momento del cielo para vivir. Pobres de mis amantes que
vendrán a buscarme sin saber que ya no viviré más aquí. ¿Dónde me buscarán?
¿Qué les dirán cuando griten mi nombre desde afuera y salgan mis vecinos a
darles las noticias? ¿Alguien volverá? No lo sé: tal vez avisen antes de atravesar
mi verja; la sorpresa ha pasado de moda. Sé que nadie vendrá esta noche, que
nadie me interrumpirá en las canciones que cante. Pero debo empacar mis libros,
mis juguetes y películas. Los millones de hojas, fotocopias y cuadernos de
notas; mis instrumentos musicales, mis juguetes sexuales, mis camisas de
cuadros, el wok, el cuchillo, mi exprimidor de naranjas, mis escritorios, mi
tele, la persiana y mi cama. Mañana no habrá tiempo de cantar: lo que he de
hacer tiene que ser ya. Apago las luces, voy al estudio y no veo nada. Afino la
guitarra y por fin canto la canción que desde la mañana tenía en la cabeza y no
pude cantar en ningún bus. Prendo el micrófono. Hago un círculo armónico con La
mayor, Fa sostenido menor, Re mayor y Re siete y comienzo a cantar:
“Si
alguna vez te besé más de la cuenta,
cuando yo cuento cincuenta tú le pones veinte más
si me casé con tus besos oxidados
por el humo del cigarro fue porque yo soy igual
Si me volví un adicto a hacerte compañía,
quizá con demasía, al parecer eres mi cruz
Aún me acuerdo todavía que decías
que sin mí, tú no eres tú.
Si no sé estar sin tu beso de soplillo
sin la falta de tornillos que tú me has hecho perder
Si no sé estar sin tu foto en el bolsillo,
sin las yemas de mis dedos, esculpidas en tu piel
Si no sabía hacer la O con un canuto
cuando al fin te conocí, acariciándome la voz
En aquel viejo instituto, en los lavabos,
tan pequeño y tan precoz.
cuando yo cuento cincuenta tú le pones veinte más
si me casé con tus besos oxidados
por el humo del cigarro fue porque yo soy igual
Si me volví un adicto a hacerte compañía,
quizá con demasía, al parecer eres mi cruz
Aún me acuerdo todavía que decías
que sin mí, tú no eres tú.
Si no sé estar sin tu beso de soplillo
sin la falta de tornillos que tú me has hecho perder
Si no sé estar sin tu foto en el bolsillo,
sin las yemas de mis dedos, esculpidas en tu piel
Si no sabía hacer la O con un canuto
cuando al fin te conocí, acariciándome la voz
En aquel viejo instituto, en los lavabos,
tan pequeño y tan precoz.
Quiero ser fiel al manual de los excesos,
besarte los besos,
pisarte los pasos,
llenarme los vasos de ti
y cuando me mates, cuéntales que no fui bueno,
que estaba muy negro por dentro
y mi aliento alentaba a alquitrán y carmín.
Si me he escapado ya diez veces este año
de tus golpes y arañazos, tu tortura de carbón
si regresé tantas veces de mi huida
porque el daño era aún más grande con la ausencia de dolor
Si me volví un adicto a hacerte compañía,
cada vez que regresé para jugarme la salud
aún me acuerdo todavía que decías
que sin mí, tú no eres tú.
Aún me acuerdo todavía que decías
que sin mí, tú no eres tú.
Quiero ser fiel al manual de los excesos,
besarte los besos,
pisarte los pasos,
llenarme los vasos de ti
y cuando me mates, cuéntales que no fui bueno,
que estaba muy negro por dentro
y mi aliento alentaba a alquitrán y carmín.
Quiero ser fiel al manual de los excesos,
me dice que debes estarte más cerca que lejos
y cuando me mates, cuéntales que no fui bueno,
que estaba muy negro por dentro
y mi aliento alentaba a alquitrán y carmín.
Si alguna vez te besé más de la cuenta,
cuando yo cuento cincuenta, tú le pones veinte más, más, más…” [1]
Improviso:
Estos son los buenos tiempos. Gracias a mi abuela por sus vallenatos, a mis
vecinos por nuestra música efímera, por la poesía, por mostrarme a Dios en cada
abrazo, en los condimentos que usan, en el verbo hecho carne. Gracias a los
colibríes, a los viajeros que vinieron y se fueron, a los que sólo querían nadar
por la fugacidad. Al Señor Barriga por arrendarme esta pequeña sucursal del
cielo en la montaña y devolverme el depósito; gracias a las naranjas, a
Juguitos y Folk, a La Supersónica, a los amigos y las metamorfosis que aquí se
bailaron.
Vuelvo a hacer el mismo círculo del principio
de la canción y cuando termino apago el micrófono. Escucho lo que acabo de
grabar. Luego de estirarme y sentirme feliz de la canción lograda, cojo la
maleta café y empiezo a empacar las películas…
Aviador